Es un verdadero placer estar hoy aquí en Estambul.
Y quiero agradecer al Gobierno de Türkiye por su cálida hospitalidad.
Este encuentro ha sido una oportunidad para conocer mejor el trabajo con visión de futuro que Türkiye está realizando hacia el objetivo de cero residuos, así como su auge en energías renovables.
Ahora es el momento de mirar hacia adelante y trazar una dirección clara y ambiciosa en el camino hacia la COP31 y más allá.
Agradezco a Türkiye, que ostentará la próxima Presidencia de la COP31, así como a Australia, en su papel de Presidencia de las negociaciones y una de las Vicepresidencias durante la COP31, por las valiosas conversaciones mantenidas hasta ahora.
También quiero expresar mi agradecimiento a la actual Presidencia de la COP30, Brasil, y a la Presidencia de la COP29, Azerbaiyán, cuyo trabajo fundamental servirá de base para nuestro trabajo este año y en el futuro.
Una cosa está clara: la COP31 de Antalya se celebrará en un momento extraordinario.
Nos encontramos ante un nuevo desorden mundial.
Un periodo marcado por la inestabilidad y la inseguridad. Un tiempo de demostraciones de fuerza y de guerras comerciales. Y en el que incluso el concepto de cooperación internacional está siendo cuestionado.
Estos retos son reales y graves.
Pero la acción climática puede aportar estabilidad a un mundo inestable.
Frente al caos actual, podemos y debemos impulsar una nueva era de cooperación internacional en materia climática.
Y ONU Cambio Climático cuenta con un plan para avanzar en esta nueva era...
Para que la acción climática se convierta en el arma no tan secreta que necesitamos para fortalecer la seguridad y la prosperidad.
Para saber hacia dónde debemos avanzar, primero debemos entender dónde estamos y de dónde venimos.
La acción climática se puede dividir en tres etapas.
En la primera, tomamos conciencia del problema. Pero, en lugar de actuar, debatimos sobre su magnitud.
En la segunda, comenzamos a tomarnos en serio las soluciones.
Y fue en esa etapa cuando, juntos, elaboramos el Acuerdo de París.
Eso no resolvió la crisis climática, pero cambió nuestro rumbo.
Y demostró que las naciones pueden lograr cambios a gran escala cuando trabajan unidas.
En la década transcurrida desde París, la inversión en energía limpia se ha multiplicado por diez, pasando de doscientos mil millones de dólares a más de dos billones de dólares al año.
Y, en 2025, en medio de toda la incertidumbre económica y los fuertes vientos políticos en contra, la transición global siguió avanzando:
La inversión en energía limpia siguió creciendo con fuerza y duplicó con creces la de los combustibles fósiles.
Las energías renovables superaron al carbón como principal fuente de electricidad del mundo.
La mayoría de los países presentaron nuevos planes nacionales sobre el clima que contribuirán a impulsar su crecimiento económico y, por primera vez, a reducir las emisiones mundiales.
Y, en la COP30, las naciones dijeron al unísono: la transición global es ya irreversible, el Acuerdo de París está funcionando y, juntos, lo llevaremos más lejos y más rápido.
Aunque es evidente que el progreso no es lo suficientemente rápido ni justo, es difícil pensar en una década en la que la cooperación internacional en materia climática haya logrado más avances.
Y no es casualidad: también se enfrenta a una amenaza sin precedentes.
Por parte de quienes buscan utilizar su poder para desafiar la lógica económica y científica, y aumentar la dependencia del carbón, el petróleo y el gas contaminantes, aunque eso signifique agravar los desastres climáticos y disparar los costes para los hogares y las empresas.
Es innegable que esas fuerzas son poderosas.
Pero no tienen por qué prevalecer.
Existe una alternativa clara a este caos y retroceso:
Que los países se mantengan unidos, aprovechen todo lo que hemos logrado hasta la fecha y avancen más y más rápido.
Colaborando más estrechamente con las empresas, los inversores y los líderes regionales y cívicos, para obtener resultados más tangibles en todos los países.
En resumen, impulsando una nueva tercera era de acción climática. La era de la implementación.
Esta es una era para acelerar y ampliar la escala.
Debe comenzar con un enfoque implacable en cumplir, o incluso superar, los objetivos acordados en el primer Balance Global, en 2023.
Duplicar la eficiencia energética y triplicar la energía limpia para 2030.
Abandonar todos los combustibles fósiles de forma justa, equitativa y ordenada.
Fortalecer la resiliencia y reducir la vulnerabilidad.
Y garantizar que más financiación climática llegue a todas las personas, especialmente a las más vulnerables.
Para el segundo Balance Global, en 2028, debemos estar en camino de cumplir esos compromisos.
De modo que los países acudan a la COP33 con la confianza de una respuesta sólida que no solo garantice la supervivencia, sino también la fortaleza:
Impulsar la resiliencia, hacer crecer las economías y reducir drásticamente las emisiones. Comprometerse con nuevos y más ambiciosos objetivos, tal como exige la ciencia.
¿Cómo lo conseguiremos?
En primer lugar, ampliando rápidamente una serie de proyectos a nivel mundial que nos permitan alcanzar los objetivos actuales.
Y mediante la creación de vínculos entre países, el sector financiero y el sector privado, con el fin de garantizar alianzas, acuerdos y proyectos que se traduzcan en resultados reales a gran escala.
En Belém pudimos ver la diferencia que puede marcar la Agenda de Acción y por qué es igual de importante para el trabajo que nos queda por delante en el marco del Acuerdo de París como las negociaciones, aunque estas sigan siendo fundamentales.
En la COP30: un billón de dólares para redes eléctricas limpias e importantes inversiones en protección forestal, salud climática y mucho más.
Los expertos en el arte de negociar ya están aprovechando las enormes oportunidades que se les presentan.
Este enfoque está generando flujos de inversión masivos, aprovechando el impulso del mercado que ya está transformando de manera irreversible los sistemas energéticos mundiales.
Quienes se alejan del liderazgo climático no hacen más que regalar esta mina de oro de nuevos puestos de trabajo y riqueza a economías competidoras.
Nuestra tarea ahora es acelerar esta transformación y garantizar que todos los países tengan un lugar en esta mesa de oportunidades, en particular las economías vulnerables y en desarrollo.
En segundo lugar, es fundamental impulsar el flujo de financiación, para que todos los países puedan aprovechar los enormes beneficios de la acción climática y desarrollar la resiliencia necesaria para proteger a sus poblaciones.
Se trata de garantizar que los países cuenten con el apoyo que necesitan para cumplir plenamente sus planes nacionales de adaptación y sus contribuciones determinadas a nivel nacional, y de potenciarlos al máximo.
Esto significa reducir el coste del capital y garantizar un aumento masivo de la cantidad y la calidad de la financiación climática, especialmente para los países en desarrollo.
Los bancos multilaterales de desarrollo serán fundamentales para proporcionar más financiación, atraer al sector privado, generar mejores datos y continuar con las reformas.
En tercer lugar, debemos seguir impulsando la vanguardia de la acción climática.
Esto significa que los más ambiciosos se unan en coaliciones voluntarias: crear hojas de ruta para abandonar los combustibles fósiles y detener la deforestación.
Significa utilizar las herramientas surgidas de las negociaciones, como el Acelerador de la Implementación Global y la Misión 1,5, y concretar la Hoja de Ruta de Bakú a Belém para alcanzar los 1,3 billones de dólares.
Si se hace bien, esto puede catalizar la cooperación y acelerar la acción.
En cuarto lugar, debemos seguir adaptando nuestro propio trabajo para esta nueva era:
Acercando cada vez más nuestro proceso a la economía real, para lograr una implementación más rápida y generar más beneficios para miles de millones de personas.
He convocado a expertos para que nos asesoren en este tema, respetando plenamente que se trata de un proceso impulsado por las Partes.
Daré más detalles al respecto en los próximos meses.
Y seguiré trabajando con los líderes de Brasil, Türkiye, Australia y, a partir del año que viene, Etiopía, para lograr un segundo Balance Global satisfactorio.
Algunos se preguntarán si este plan se puede llevar a cabo.
Si, en la fracturada geopolítica de hoy, la cooperación climática puede seguir proporcionando el gran impulso que necesitamos.
Mi respuesta inequívoca es: sí.
¿Por qué?
Porque es indiscutiblemente beneficioso para todos los países.
La acción climática responde a las preocupaciones cotidianas de los ciudadanos de todo el mundo:
Menores facturas de energía y del hogar.
Mucha menos contaminación, lo que permitirá a miles de millones de personas respirar mejor y de forma más segura.
Muchos millones de nuevos puestos de trabajo y personas con acceso a la energía por primera vez, especialmente en los países en desarrollo, donde más de 700 millones de personas aún carecen de ella.
Esto significa que las pequeñas empresas podrán acceder al comercio electrónico, a nuevos clientes y a financiación para crecer.
Que los niños contarán con luz y tecnología que les permitirá aprender.
Que las familias tendrán alimentos refrigerados y cocinas limpias.
Y que la refrigeración limpia estará disponible a medida que el calor extremo se intensifica.
En este momento, la seguridad es la palabra en boca de la mayoría de los líderes, pero muchos se aferran a una definición peligrosamente limitada.
Seamos realistas: para cualquier líder que se tome en serio la seguridad, la acción climática es fundamental, ya que los efectos del clima causan estragos en todas las poblaciones y en todas las economías.
El aumento de la contaminación por gases de efecto invernadero provoca un agravamiento de los fenómenos climáticos extremos, lo que alimenta el hambre, los desplazamientos y las guerras.
La buena noticia es que ahora existe una alternativa muy clara.
Porque la cooperación climática es el antídoto contra el caos y la coacción del momento actual, y la energía limpia es la solución obvia al aumento vertiginoso de los costes de los combustibles fósiles, tanto humanos como económicos.
El hecho es que las energías renovables son la vía más clara y barata hacia la seguridad y la soberanía energéticas, ya que protegen a los países y las economías de las crisis provocadas por las guerras, las turbulencias comerciales y la política de “el poder es lo que manda”, que empobrece a todas las naciones.
El hecho es que la adaptación al clima es la única vía para garantizar la seguridad de miles de millones de personas, a medida que los impactos del cambio climático empeoran rápidamente.
En un momento en que los desastres climáticos afectan al suministro de alimentos y disparan la inflación, contar con cadenas de suministro resilientes es crucial para la estabilidad de los precios que exige la población. Y la presión sobre los gobiernos que no la proporcionan es cada vez más implacable.
Por eso, ahora más que nunca, la respuesta está en la acción y la cooperación climáticas: no a pesar de la inestabilidad mundial, sino precisamente por ella.
Tenemos mucho trabajo por delante, tanto este año como en los años venideros.
Türkiye, encrucijada del mundo y centro de la diplomacia, es el lugar perfecto para ponernos manos a la obra.
Un lugar donde países con perspectivas muy diferentes pueden reunirse e impulsar nuestros esfuerzos colectivos.
Las Naciones Unidas acompañan a Türkiye y Australia en cada paso del camino, para garantizar que la COP31 en Antalya cumpla con sus objetivos, por el bien de las personas, la prosperidad y el planeta.
Gracias.